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Mi familia y yo sobrevivimos a covid-19 - Mafer Martínez, voluntaria en Unidas.



Todos hemos atravesado momentos críticos durante esta temporada de pandemia, momentos que nos hacen desesperar, llorar e incluso perder la fe y la esperanza.

Y quiero compartir contigo lo que viví unas semanas atrás, que fue la experiencia más escalofriante que he vivido, de esas experiencias que te marcan para siempre y te recuerdan cuán frágil es la vida.


Soy la menor de una familia de cuatro, sólo somos mis papás, mi hermana y yo. Siempre hemos sido muy unidos y ellos significan todo para mí.

Un día, muy repentinamente nos enfermamos mi familia y yo, resultó ser el temido covid-19, ese virus que nos ha estado atormentando tanto a todos durante este año. Desde ahí comenzaron las preocupaciones, la inseguridad y las preguntas.

A los días siguientes todo parecía ir mejor, nos comenzamos a recuperar y claro, tomar las precauciones e indicaciones necesarias para no poner en riesgo a nadie más, realmente sentíamos que ya estábamos saliendo de esa situación tan estresante. Pero una noche, todo se vino abajo. Mi papá comenzó a sentir escalofríos muy fuertes en todo el cuerpo, comenzó a tener un frío como si estuviera acostado en una cama de hielo, y su respiración comenzó a disminuir muy rápidamente. Sus pulmones estaban funcionando a un 50% de su capacidad. “Pero ¿qué pasó?, pero si ya estabas mejorando, ¿estás bien papá?”.


Desde ese día mi papá sólo empeoró, cada noche era peor que la anterior, y yo dormía con el temor de despertar y saber que ya no estaba. Me costaba asimilar una vida sin él y pensar con tanta impotencia “¿Por qué Dios? Si Tú dices que eres bueno, que tus planes son para bien y que nos cuidas”. Yo sólo sentía una desesperación que me consumía todos los días, y ver a mi papá en ese estado realmente me rompía el corazón.

Mi papá no mejoraba, y los días se convirtieron en las semanas más difíciles de toda nuestra vida como familia. Era tan difícil para nosotros verlo en su cama, sin poder llevarlo a un hospital, verlo tendido, pegado a un tanque de oxígeno, sin aliento, sin fuerzas, sin más tiempo, luchando con tantas ganas para seguir viviendo.


Pasaban los días, y una tarde, la más dura de mi vida, mi papá se despidió de nosotras casi sin aliento y entre lágrimas, nos dijo que éramos fuertes y que íbamos a poder enfrentar la vida sin él, que quería que esparciéramos sus cenizas en una playa mexicana donde vivió sus días más felices y que todo iba a estar bien, pero que ya no podía más.

No puedo expresar con palabras lo que sentí, sólo me quebré por completo, ni siquiera pude llorar, estaba helada. Sólo lo abrazamos y no pudimos decir nada más por un rato.


Honestamente, y a corazón abierto, debo confesar que en todo lo que creía se desvaneció por completo, que mi fe era nada, mi esperanza sólo se tornó en un futuro de dolor y un proceso de pérdida. Mi corazón se amargó, y por más que oraba y suplicaba por sanidad para mi papá, parecía que el cielo me ignoraba y sólo se iluminaba para otros.

Pero, creo con todo mi corazón que incluso en los momentos más tristes, más difíciles, de más confusión y preguntas sin respuestas, Dios está presente, aunque no lo podamos sentir ni entender. Aún en el silencio Él sigue siendo fiel.


Después de unos días, y después de la despedida más difícil que he experimentado, mi papá comenzó a mejorar, muy lentamente, pero lo hacía. Sus pulmones comenzaban a trabajar con más normalidad y cada vez era más sencillo para él poder respirar.

¡Por fin! Una luz al final del túnel, Dios estaba respondiendo a nuestras oraciones, ahora mis preguntas no eran más incógnitas, sino eran palabras de agradecimiento.

Y ¿sabes? me avergüenza confesar que en los momentos donde todo parecía ir mejor, mi fe era mucho más fuerte y mi convicción de que Dios tenía todo en control era más grande, pero ¿qué cuando las cosas se ponían difíciles?


Durante este proceso aprendí 3 cosas que me marcaron para siempre.

1. Valorar lo que es verdaderamente importante: las personas.

A veces nos olvidamos de valorar a quienes tenemos cerca, y le damos más importancia a lo que no debería tenerla tanto. En esta temporada todo lo que parecía tener valor, de pronto se volvió polvo. Y la salud se volvió prioridad.

Nunca voy a olvidar la sensación de estar perdiendo a una de las personas que más amo, de ver su sufrimiento y no poder hacer absolutamente nada para salvarlo, mas que humillarme ante Dios y pedir por un milagro.

Dios puso personas increíbles en nuestro camino para apoyarnos y abrirnos puertas que sin duda, fueron indispensables para poder salir del proceso tan duro que estábamos atravesando.


Aprendí que nuestra vida es un regalo y que las personas son lo más preciado que podemos tener. Dios usa a quienes nos rodean para mostrarnos cuánto Él nos ama y que Su plan para nuestras vidas SIEMPRE es para un propósito que trae consigo bienestar, aprendizaje, crecimiento y una fe renovada.


2. ¿Verdaderamente confío en Dios? ¿O sólo lo hago cuando la situación está a mi favor?

Esas semanas me retaron como nunca antes, me hicieron darme cuenta que mi fe no estaba tan plantada como yo creía, y que Dios estaba trabajando en mí cuando ni siquiera lo sabía. Esos momentos de dolor, de sufrimiento y de desesperanza, me llevaron a madurar mucho, y me recordaron que la vida pende de un hilo que es sumamente frágil. Me llevaron a reconocer que sólo Dios tiene el control de nuestros días, y que incluso cuando parezca el final, puede ser un nuevo y mejor comienzo.


Mantuve este versículo en mis pensamientos esos días:

"Y sabemos que Dios hace que todas las cosas cooperen para el bien de quienes lo aman y son llamados según el propósito que él tiene para ellos. "

Romanos 8:28 NTV

3. Dios utiliza los procesos difíciles para seguir moldeando nuestro corazón.

Reconozco que me sentí frágil e impotente. Pero ¿sabes? está bien sentirse así también, Dios trabaja en nuestros momentos de mayor debilidad y Él busca que seamos vulnerables y transparentes con Él.


" «Mi gracia es todo lo que necesitas; mi poder actúa mejor en la debilidad». Así que ahora me alegra jactarme de mis debilidades, para que el poder de Cristo pueda actuar a través de mí. "

2 Corintios 12:9 NTV


Mi papá fue víctima del virus más famoso de nuestra era, y yo realmente fui víctima de un miedo inmenso que me cegaba a la grandeza de Dios.

Hoy quiero animarte si es que estás pasando por una situación similar, que recuerdes que Dios nos quiere llevar más lejos y estirar nuestra fe, mientras nuestro corazón se duele, nuestro espíritu se fortalece. En Dios siempre tenemos esperanza y una vida llena de paz y plenitud.

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