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La madre perfecta - Magdalena



Me convertí en madre hace más de 10 años. A los 24 años tuve a mi hija. Mucho antes de tenerla, yo ya tenía planeada mi vida, desde cómo sería mi boda, hasta cómo se llamarían mis hijos, cuántos iba a tener y cómo iban a ser físicamente, como si yo tuviese control de ello.

Había construido castillos en el aire, y aunque soñar es importante, es muy diferente cuando tienes un anhelo y lo dejas en manos de Dios y cuando tomas el control de lo que quieres sin dejarte guiar por Él.


Por supuesto que nada de lo que tenía en mente sucedió. Me embaracé sin estar casada, el padre de mi hija era una persona problemática de la cual yo no estaba enamorada, apenas acababa de terminar mi carrera, no tenía trabajo y mi familia ni siquiera conocía al padre de mi hija.

Cuando supe que estaba embarazada, mi mundo, mis sueños, mis planes y mis ideales se hicieron añicos y no porque no amara a mi hija, sino que había llegado en el momento menos esperado.

Junto con mi embarazo se vinieron muchas situaciones impensables con mi pareja y con mi familia, vengo de una familia especialmente conservadora y mi pareja era muy machista ¡imagínate! Pero lo que más me atormentaba era mi maternidad y la culpa. Me decía en el interior: ¡No me siento lista para ser madre! ¿Cómo fui capaz de embarazarme sin estar casada cuando yo ya conocía los mandatos de Dios! (así pensaba).


Yo ya conocía a Jesús, tenía poco tiempo de tener una relación con Él y de hacerlo parte de mi vida. Justo cuando más enamorada de Dios estaba... ¡zaz! Me sentía pecadora, una farsante mentirosa.

Por otra parte sentía que ni siquiera estaba consciente de lo que pasaba en mi cuerpo, era como si me pudiese ver por fuera y mirar cómo mi cuerpo cambiaba y experimentar cómo una personita crecía dentro de mí. Yo estaba confundida y aterrada.


No me sentía en lo más mínimo preparada para ser madre. Si bien dicen que nunca se está suficientemente listo para serlo, imagínate cuando llega sin planearse y en una relación donde el amor no era precisamente el centro de todo.


Durante mi embarazo, pasé por muchas emociones encontradas. Existía la emoción de "wow, voy a ser mamá y debo estar feliz" y "wow, ¿por qué me siento culpable por no sentir la felicidad que la sociedad me dice que debo sentir?" Y de nuevo, no era porque no amara a mi hija, yo siempre soñé en tener una niña, pero yo había pensado su llegada en un momento perfectamente preparado, donde iba a tener su habitación, su cuna, su ropa, sus juguetes, sus padres felizmente enamorados y casados, y por supuesto una madre perfectamente preparada, lo cual no tenía absolutamente nada. O al menos eso pensaba.


Debido a mi culpa, dejé de hablar con Dios, sentía que no merecía estar en su presencia y a su vez, con el paso del tiempo me di cuenta que tenía dos opciones:


1. Podía seguirme amargando por lo que estaba pasando.

2. Aceptaba mi realidad y disfrutaba lo más que pudiese.

Opté por la segunda y cuando lo decidí, todo empezó a fluir. Como decimos los mexicanos, "agarré al toro por los cuernos", y decidí ser valiente y esforzada. Quedaba poco tiempo de mi embarazo y me dispuse a disfrutarlo como pudiese. Los problemas no desaparecieron pero empecé a encontrarles una solución de forma más práctica, empecé a recuperar mi relación con Dios, la cual no fue fácil porque la culpa era como una piedra gigante que no me dejaba pasar a su presencia, se resistía, pero Dios con su profundo amor me demostró que si Él no me condenaba por nada, entonces ¿por qué yo si lo hacía? ¿por qué era tan dura conmigo? ¿Por qué me auto condeno al sentir que no soy la madre perfecta para mi hija?

Ahí empezó mi recorrido para perdonarme y amarme como madre y sobre todo como mujer.


Lo que quiero decirte, el punto importante de todo esto es que, pasé por muchas cosas y aun las sigo pasando, me convertí en madre divorciada, emprendedora, que a diario comete muchos errores, pero entendí que para Dios yo soy la Madre perfecta para mi hija.

Soy perfecta, porque cuando ella se enferma, mi amor es la mejor medicina. Soy perfecta porque mi propia hija me ha dicho que quiere ser igual que yo cuando sea grande. Soy perfecta porque a mi hija le importa cuando la peino, cuando vamos por un helado, cuando compramos zapatos o cuando combinamos los atuendos. Simplemente soy perfecta porque soy su madre, porque Dios así lo quiso.


No sé si estés pasando por alguna dificultad y estás dudando de ti como mujer y como madre, pero debo decirte que nunca dudes de tu maternidad. Tú eres perfecta a los ojos de tus hijos y aun más importante, eres perfecta porque Dios te escogió como madre de tus hijos. Ya sea que haya nacido desde nuestro vientre o que haya nacido desde nuestro corazón con el anhelo de adoptar. Tú y yo somos las madres perfectas, y ni la culpa, ni la condenación, o ninguna circunstancia o batalla que estemos pasando nos puede decir lo contrario.

Todo lo que has vivido, estés pasando o vayas a pasar en tu camino como madre, tiene un propósito. Y no será fácil, pero es una aventura, por lo tanto disfrútala y compártela, porque tú y yo somos la respuesta a la oración de Otras Madres.


Si yo no hubiera vivido todo lo que he pasado, no podría entender lo que hoy te cuento. Yo no era la mujer que soy ahora, era insegura y amargada, me sentía infeliz e incapaz de lograr algo importante por mi cuenta. Ahora me siento eternamente agradecida con Dios por las dificultades que pasé, porque me han fortalecido, he aprendido a no condenarme ni perder el tiempo al sentir culpa. Trato de reconocer mis fallas y le pido a Dios que me ayude a cambiar, pero ya no pierdo mi tiempo. La vida es un suspiro y quiero aprovecharla al máximo a lado de mi familia, a lado de mi hija.

Te invito a que hagas lo mismo, disfruta tu maternidad, sí, con todo y fallas, porque para los ojos de Dios somos las madres perfectas.


¡Feliz día de las madres!

Con amor, Magdalena.

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